Historias de infierno grande

Alberto y Blanca, padres de la menor de Villegas.
Por D.R.
El Argentino
El país entero asistió azorado a la exhibición televisiva de la miseria: una adolescente de 14 años era repudiada por una parte significativa del pueblo de General Villegas que se movilizó para levantar una consigna asimilable al “por algo será”: “Justicia para las víctimas”, decía una bandera que se refería como “víctimas” a los abusadores. “Todos la conocemos en el pueblo”, repetían las mujeres que asistieron a la marcha. “Es ligerita”, aseguró el intendente Gilberto Alegre. ¿Qué mecanismos sociales deben activarse para que los valores morales se den vuelta por entero? ¿Qué se hierve en los pueblos chicos para que se cumpla la condena del refrán que los convierte en infiernos grandes? ¿Por qué la estructura machista, patriarcal, estigmatizadora que atraviesa a toda la sociedad se manifiesta de modo explícito –y extremo– en las sociedades más pequeñas? Son preguntas que se repiten desde hace mucho tiempo. Las ciencias sociales, el cine y la literatura ya se las hicieron. Pero todavía no encontraron una única respuesta.
“Era un pueblo casi de western, en la pampa seca, donde las cosas se ponen muy serias porque no hay agua en la superficie, sólo corre por napas subterráneas. El clima humano también era duro: mostraba la vigencia total del machismo. Estaba aceptado que debían existir fuertes y débiles. Y lo que daba prestigio era la prepotencia. El respeto se otorgaba a quien gritara fuerte. La escuela de ese sistema de explotación estaba en la pareja misma. En los hogares había un señor muy nervioso con poco control sobre sus nervios y una señora que se hacía la sorda o acataba las órdenes.” Así recordaba Manuel Puig a su pueblo natal, General Villegas. El escritor había retratado a su propio infierno grande en las novelas La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas. Le había puesto otro nombre: Coronel Vallejos. Y había retratado historias de respetabilidad social pública y objetadas costumbres privadas. Historias de amor, hipocresía y envidias. Historias de sexualidades reprochadas –pero practicadas en secreto–. De estigmatizaciones y de miedo a la estigmatización.
(Cuando en 1972 se estrenó la película Boquitas pintadas, de Leopoldo Torres Nilsson, la sociedad villeguense logró evitar que se pasara en el cine de la ciudad: los ecos de los escándalos que se describían en el texto y sus protagonistas todavía eran reconocibles. Sin embargo, nadie quería perderse la oportunidad de ver los chismes que todos conocían convertidos en espectáculos. Se dice que una gran parte de la comunidad viajaba sesenta kilómetros hasta el pueblo más cercano para apreciar el film.)
“En este tipo de sociedades, algunos de sus miembros ocupan ciertos roles: en el pueblo donde vivo existen la descarriada, el gay, el loco, el drogadicto –señala la escritora Liliana Bodoc, que acaba de publicar El rastro de la canela y que reside en El Trapiche, San Luis–. Son corazas de las que su portador difícilmente pueda liberarse. Se desarrollan en el marco de un ejercicio de silencio que, mediante el chisme, permite la naturalización de estas estigmatizaciones. En particular en estos pueblos puntanos tal vez la situación se vea profundizada debido a las estructuras feudales y paternalistas con que funciona la política. Gran parte de la población trabaja con los planes sociales y, quizá, solidarizarse con los estigmatizados en un acto de libre ciudadanía podría quitarles los beneficios de los que gozan.”
En Olavarría, Jorge Lescano, ginecólogo, recibió el apoyo de doscientos ciudadanos que se manifestaron frente al juzgado donde se lo procesaba por abusar de cinco de sus pacientes. “Cuando el circo se termine –dijo un manifestante en referencia al juicio– se va a saber toda la verdad.” Los manifestantes partieron del consultorio del ginecólogo y se dirigieron hacia la fiscalía. La bandera rezaba: “Justicia para Lescano”. Nadie salió a pedir por las presuntas víctimas. Hace tres años, en la misma ciudad, una joven que estaba a punto de casarse tuvo un affaire con un conocido. Cuando se supo, el matrimonio fue suspendido y la mujer comenzó a ser castigada socialmente. Los rumores se convirtieron en agresiones explícitas, se había convertido en la puta de Olavarría. Ella finalmente se suicidó. La historia todavía se cuenta a media voz.
“En los pueblos pequeños todo es más pequeño y las miserias se muestran de manera monstruosa –afirma la cineasta Albertina Carri, que en su film Rabia retrató conflictos sexuales y violencia en una zona rural y que vivió, de niña, en el campo–. Sin embargo, estas tensiones recorren toda la sociedad, no sólo las comunidades más chicas. La televisión trata a las mujeres como objetos, como putas. A toda hora en los programas hay culos y tetas. Ciertos mecanismos preparan a las sociedades para que reaccionen así: se prepara a la mujer para vivir el género con esos condicionamientos.”
Las filmaciones caseras hechas con celular parecen marcar la tónica de estas tragedias. El asesinato de una mujer en General Las Heras, que recibió un mazazo de una compañera de trabajo, tuvo una repercusión mediática muy elevada. La agresora dijo sentirse amenazada por la difusión de un video en el que tenía relaciones con un hombre que no era su futuro marido. Hoy enfrenta la prisión.
“En las comunidades más pequeñas el control social, que también sucede en las urbes, se suele ejercer con mayor rigor y eso las vuelve más conservadoras –señala el escritor Jorge Accame, que acaba de publicar Gentiles criaturas y que reside en Jujuy desde 1982–. El machismo se realiza a través de un doble juego, ya que no sólo es machista el hombre, sino también la mujer, ya sea por temor o por comodidad. He presenciado a mujeres viviendo con miedo del qué dirán, que no toman un café con un hombre que no sea su marido porque se juega su honor en ello.”
La sociedad patriarcal castiga con la infamia aquello que se escapa de su propio control. El caso de Nora Dalmasso es claro. La asesinada se convirtió en sospechosa. Se cuestionó el modo en que ejercía su sexualidad. De esta manera, el crimen se justificó. Una vez más entró en escena el patriarcado, que atraviesa todas las clases sociales y que no es privativo de los pueblos pequeños. “El caso de Villegas no refleja la idiosincrasia de los pueblos –sostiene Guillermo Martínez, autor del cuento “Infierno grande”, una potente manifestación literaria sobre la dictadura que se ubicaba en una localidad bonaerense–, sino que es prueba de que la maldad existe en el ser humano. El fascismo se agazapa en la mediocridad conservadora que se ve amenazada y reacciona en el registro más alto. Demonizar a Villegas sería ingenuo. Pasa aquí también. Basta tomar un taxi y escuchar las opiniones de algunos choferes.”